Orgullosa de sus raíces, la directora del restaurante Suave Patria nos presume sus pequeños grandes tesoros: sus aretes antiguos mexicanos.
TEXTO: Beatriz Velasco / FOTOS: Héptor Arjona
Martha Ortiz abre su alhajero a CLASE y nos presenta uno a uno, sus pequeños y preciados objetos. (FOTO: Heptor Arjona)

Martha Ortiz abre su alhajero a CLASE y nos presenta uno a uno, sus pequeños y preciados objetos. (FOTO: Heptor Arjona)

Me ha costado trabajo hacer mi selección. Creo que un coleccionista no es el que compra cosas, sino al que las cosas se le van apareciendo. Para mí, los aretes tienen valores sentimentales”

Impecable, con su filipina blanca y su cabello negro azabache, Martha Ortiz abre su alhajero a CLASE y nos presenta uno a uno, sus pequeños y preciados objetos. Cada uno posee una historia especial y, según la chef, cada uno le habla al oído.

Los aretes con los que inició la colección fueron un regalo del abuelo paterno de Martha, y en ellos luce una pareja de palomas.

Martha recuerda perfectamente cuál fue el origen de su acervo: “Esta colección empezó con este par de aretes de oro. Yo tuve un abuelo oaxaqueño. Él era un hombre muy capaz, fue rector de la universidad, un hombre inteligente, médico, dedicado a la enseñanza y las cuestiones sociales. Él me regaló unos aretes, cuando tenía unos cuatro o cinco años, nunca me los quería quitar”, comenta.

Martha explica que tuvo poco contacto con su abuelo paterno y con humor considera que sus abuelos fueron el primer caso de divorcio en este país: “Lo recuerdo muy bien, aunque lo vi pocas veces”,  confiesa y rememora uno de los más significativos encuentros que tuvo con él: “Me dijo: ‘No se te olvide que eres una princesa mixteca’. ¡No me lo hubiera dicho! porque recuerdo que mis amigas de la primaria iban vestidas de María Antonieta o Ana Bolena, sólo porque les gustaban esos vestidos; mientras que yo, yo iba de princesa mexicana”.

Decorados con monedas antiguas en las que se ve el perfil de Maximiliano de Habsburgo.

Para su “look”, la chef recurría a listones, plumas, huaraches y, por supuesto, ese preciado par de aretes, a los cuales trataba con sumo cuidado: “Todas las mañanas, cuando amanecía, me asomaba a verlos, para ver si las palomas de los aretes seguían ahí o no. Las veía tan hermosas, tan perfectas, que creía que les gustaría más vivir en Oaxaca”, dice.

Este par fue rescatado del Monte de Piedad y, aunque también es oaxaqueño, posee una técnica de producción diferente.

Su colección de aretes mexicanos está reservada para ocasiones especiales. Los utiliza lo mismo pendiendo de sus orejas que adornando su cabello, a manera de broches. Pero, para el calor de los fogones, prefiere utilizar aretes pequeños y discretos.

Son uno de los pares preferidos de Martha, los utiliza para las bodas en Oaxaca. A la chef le gusta la combinación de rojo y blanco de las incrustaciones.

Se trata de una cuidadosa selección donde cada pieza tiene su propia historia, la cual se engarza con la trayectoria de Martha. A manera de explicación del acervo, la chef cita a su amiga, la galerista Patricia Conde: “Tu le gustas a los objetos”, comenta. 

En Bazar Casa del Ángel, la chef tiene un marchante que sabe que ella ama las piezas antiguas. Él le vendió este juego.

Por supuesto, en ese contexto, perder una pieza significa una tragedia: “Es como perder la mitad del corazón”, expresa, quien, al momento de la sesión, descubrió que había una pieza sin par.

Estas piezas formaron parte de la selección premiada de Grandes Maestros, organizada por Fonart y la chef Martha Ortiz los adquirió hace dos años.

Aunque los conserva y cuida, trata de no limpiarlos en exceso: “Me gusta que tengan su pátina. Es como si se te ocurriera limpiar Venecia y la dejaras toda brillosa. Jamás lo harías, pues tienen su historia, su tiempo”, menciona.

Hechos en filigrana de oro estos aretes fueron un obsequio de su amiga, la galerista Patricia Conde.

Con aproximadamente 50 pares de aretes en el alhajero, Martha sabe cuál será el futuro de las piezas: “Cuando yo no esté, quiero que lo tengan mis sobrinas, se los estoy juntando a ellas”. Mientras tanto, la chef sigue haciéndose de más pares: “Todas las piezas tienen que significar algo. Yo les tengo que gustar y ellos me tienen que platicar una historia al oído”, concluye.

 

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