Andrew Lownie es autor de numerosas obras sobre la familia real británica y goza de reconocimiento por el rigor de sus investigaciones. Entre sus títulos más conocidos también figuran “Traitor King: The Scandalous Exile of the Duke & Duchess of Windsor” y “The Mountbattens: The Lives and Loves of Dickie and Edwina Mountbatten”.
Su libro más reciente, “Entitled: The Rise and Fall of the House of York”, ha tenido gran repercusión al retratar sin filtros la historia del príncipe Andrés y su exesposa, Sarah Ferguson.
Sustentado en más de un centenar de fuentes y documentos así como amigos cercanos a la pareja, el texto expone los excesos, escándalos y tensiones que marcaron su caída: fraudes, abusos y dinámicas personales complejas.
Mencionar su trayectoria no es gratuito: sirve para dimensionar el peso de sus palabras dentro del ámbito editorial y monárquico.
Por eso, las declaraciones que realizó durante la reciente edición del Festival Literario de Oxford no pasaron desapercibidas.
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Durante su intervención, Lownie lanzó varias afirmaciones polémicas. Aseguró, por ejemplo, que la fallecida reina Isabel II habría cruzado en ocasiones ciertos límites legales al proteger a su hijo Andrés, y sugirió que en los últimos años de su vida el actual monarca, Carlos III ya ejercía funciones de facto porque su Isabel tenía demencia senil.
Sin embargo, el comentario que verdaderamente encendió la controversia fue otro. En entrevista, declaró sobre Andrés: “Era el favorito, estaba malcriado, tiene un carácter muy distinto al de Eduardo y al de Carlos, y eso se debe, creo, a que tiene un padre diferente. Creo que es hijo de Lord Porchester y Porchester era así, por lo que es algo genético”.
El silencio en la sala fue inmediato. No era solo una insinuación: era poner en voz alta un rumor que durante décadas había permanecido en los márgenes.
La reacción no se hizo esperar. El periodista Richard Eden, del Daily Mail, criticó la ligereza de tales afirmaciones: “Quizá debería limitarse a escribir sobre los vivos en lugar de sobre quienes no pueden defenderse. Tras una vida dedicada al deber, la Reina merece algo mejor”.
La reina Isabel II y Porchey
“Lord Porchester” era en realidad Henry Herbert, séptimo conde de Carnarvon, amigo cercano de la reina. Se conocieron en su juventud y compartieron una afición profunda por los caballos. En 1969, fue nombrado Director de Carreras de la monarca, consolidando una relación de confianza que se prolongó durante décadas.
Su cercanía fue tal que incluso ha sido retratada en la serie "The Crown", donde se sugiere el vínculo íntimo —aunque no necesariamente romántico— entre ambos. “Porchey”, como le llamaban, acompañó a la reina en múltiples viajes, especialmente en periodos en los que el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, era un esposo ausente.
Sobre esa relación, su hijo, George Herbert, octavo conde de Carnarvon, la describió así: “Era una amistad recíproca que abarcaba muchos intereses. Pertenecían a la misma generación. Habían vivido la guerra. Compartían un gran amor por el campo y la vida de campo, así como por los caballos. Él y la reina compartían la misma pasión por la cría de caballos”.
En términos estrictos, no existe evidencia que respalde la insinuación de Lownie pero yéndonos a los hechos es muy cierto que Carlos III, Eduardo y Ana guardan un gran parecido entre ellos que son una mezcla de la reina Isabel II y su esposo, Felipe de Edimburgo.
Sin embargo, Andrés tiene facciones muy diferentes a sus tres hermanos. Tiene algo de la monarca pero si vemos a detalle, guarda cierto parecido con Lord Porchester como lo vemos en las fotografías.
Mientras Carlos, Eduardo y Ana tienen las mismas facciones como su gran nariz, también son muy similares en su carácter y forma de ser, -introspectivos, serenos y discretos-, Andrés es más sociable, impulsivo e inmaduro.
Al final, la pregunta no es si el rumor es cierto —porque no hay pruebas que lo sostengan—, sino por qué sigue resultando tan irresistible creerlo. En las monarquías, como en las buenas novelas, a veces el escándalo no necesita confirmarse: basta con parecer posible para sobrevivir.
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