Harry y Meghan, la boda del año

Los nuevos Duques de Sussex han protagonizado una boda real totalmente diferente a lo que habíamos visto en cuanto a enlaces de sangre azul se refiere

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Fotos: Reuters, PA, EFE, AFP y Getty Images
Erika Roa 23/05/2018 18:05 Actualizada 11:53

Desde que se dio a conocer su relación, supimos que se trataba de una pareja diferente en muchos sentidos. Ahora, con su boda, Meghan y Harry lo confirmaron. Su origen, familia, educación los volvieron la pareja multirracial más admirada. Los nuevos duques de Sussex terminaron por romper el molde de los convencionalismos que había en las relaciones y enlaces reales. Tras haber sido espectadores de este enlace, sabemos que de hoy en adelante todo es posible en el universo royal. El pasado sábado 19 de mayo muchos ingleses se volcaron a las calles de Windsor para ser testigos de la boda de su querido príncipe.

El rebelde sin causa, aquel que de niño solía sacarles la lengua a los paparazzi, ante el enfado de Lady Di; el que un día escandalizó y ofendió a Gran Bretaña disfrazándose de nazi; aquel que preocupó al príncipe Carlos por haber tenido experiencias con las drogas; aquel cuyas fotos desnudo en Las Vegas dieron la vuelta al mundo y provocaron uno de los mayores disgustos en la vida de Isabel II. Sí, Harry, nuestro Harry, ahora sentaba cabeza, para sorpresa de muchos. Hoy es un hombre enamorado que finalmente dio carpetazo al dolor y encontró su misión de vida: ayudar a los más necesitados.

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Ese fue el mejor legado que le dejó su madre. Aquel niño que vimos peregrinar tras el féretro de su mamá con los ojos llorosos, ahora volvía a caminar ante millones de personas, pero esta vez lo hacía feliz, con uno de los tantos uniformes militares que tiene. Se dirigía a la Capilla de St. George para iniciar una nueva vida junto a Meghan Markle.

La ahora duquesa de Sussex llegaba en auto acompañada de su madre, Doria Ragland. Las dos mujeres saludaban al público con algo de sorpresa; seguro jamás imaginaron vivir algo así. Desde un inicio, Meghan dijo que quería recorrer este trayecto con Doria, pues era una manera de decirle al mundo lo importante que era su madre para ella. También quería darle un lugar especial, sabía que los últimos meses habían sido difíciles, tras haber sido víctima de una ola de comentarios racistas.

Apenas llegó Meghan a la Capilla de St. George y de inmediato se hizo oír su voz feminista al entrar sola al primer salón, que recorrió acompañada únicamente de sus 10 pajes, entre ellos George y Charlotte de Cambridge, quienes caminaron detrás de ella. En la segunda mitad del recorrido, la esperaba el príncipe Carlos, quién se encargó de entregarla a Harry, ante la ausencia de Thom Markle, padre de la novia.

EL “MOMENTO PIPPA”

En la boda del príncipe William y Kate Middleton, Pippa se llevó todas las ovaciones por su espectacular figura, ahora este momento estuvo a cargo de una de las mejores amigas de Meghan, Jessica Mulroney, quien dejó boquiabiertos a todos mientras subía la escalinata.

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Harry la esperaba nervioso y derramando una que otra lágrima de emoción al verla. Aunque Meghan sabe que en una boda real las cosas ya están escritas, quiso hacer un homenaje a sus raíces, de las cuales se siente profundamente orgullosa, e invitó al obispo afroamericano Michael Curry a dar un sermón que fue la nota de inclusión en la ceremonia. Su entusiasmo no dejó indiferente a nadie, como tampoco lo hizo el coro gospel cristiano “The Kingdom Choir”, que interpretó la canción “Stand by Me”.

El deseo de la novia se cumplió, ella quiso que sus orí- genes, de los cuales siempre se muestra muy orgullosa, se escucharan por todo lo alto, y para sorpresa de los presentes, esta boda real tuvo un gran homenaje a la raza afroamericana. Diana, por supuesto, estuvo presente gracias a su hermana, Lady Jane Fellowes, quien leyó un pasaje, lo cual emocionó mucho a Harry, quien nunca ha ocultado lo mucho que extraña a su madre.

ADIÓS PROTOCOLO

El toque de inclusión lo dio el reverendo Michael Curry, que ofreció un discurso muy emotivo sobre el amor y la igualdad; sin embargo, su elocuencia (al más puro estilo afroamericano) dejó perplejos a muchos de los invitados ingleses, incluida la familia real, que no está acostumbrada a tal efusividad. En un momento del sermón algunos de los Windsor se voltearon a ver, desconcertados. Jamás se había visto una intervención así, nada que ver con otros enlaces reales, donde el protocolo y el estilo del sermón habían sido por demás sobrios.

A la hora de ofrecer los votos matrimoniales, Meghan siguió con una tradición que inició su suegra, Diana; su cuñada, Kate Middleton, y otras mujeres de la familia real: no prometió obediencia a su esposo. Tras la ceremonia, los novios salieron de la capilla de St. George para realizar un recorrido, y luego volver al castillo, donde se llevaría a cabo la recepción. Eso sí, no sin antes darse el tan ansiado beso que todos los presentes pedían a gritos. El trayecto estuvo lleno de emoción y gritos para los novios, que iban sobre el carruaje Ascot Landau, que fue construído en 1883, y que completó la estampa perfecta de película de Disney.

Tras el recorrido, la pareja regresó al Castillo de Windsor. Meghan y Harry realizaron las fotos oficiales de su enlace, acompañados por la reina Isabel, su esposo Felipe de Edimburgo, los Duques de Cambridge, Carlos y Camila, así como de sus 10 pajes, entre los que estaban George y Charlotte; los hijos de sus amigos más cercanos, como Florence van Ctusem (hija de uno de los mejores amigos de Harry), Remi y Ryan Liit (hijas de Benita Litt, una de las mejores amigas de Meghan), Ivy, Brian y John Mulroney (hijos de Jessica Mulroney, amiga cercana de Meghan), Zalie Warren (hija de Jake Warren, muy amigo de Harry) y Jasper Dyer (hijo del mentor de Harry, Mark Ayer). El fotógrafo fue el guapo y talentoso Alexi Lubomirski, que fue asistente de Mario Testino, el fotógrafo favorito de la princesa Diana. Las imágenes evidencian su manera muy similar de retratar. Posteriormente se ofreció el banquete.

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El hermoso pastel de la norteamericana Claire Ptak, cuyos ingredientes eran orgánicos y muy alejados del estilo victoriano de los pasteles reales, cerró con broche de oro. Seguro que la comunidad pastelera inglesa, infaltable en las bodas reales, se colgó del techo por esta decisión. Sus creaciones artesanales, casi como sacadas de una pintura del siglo antepasado, nada tenían que ver con el look algo rústico de la tarta real de Claire. La comunidad guardará cierto rencor al príncipe Harry. 

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Tras la recepción, los novios regresaron al Castillo de Windsor para descansar un rato y prepararse para la gran cena de gala que el príncipe Carlos organizó en Frogmore House, en honor a los novios; a ella sólo tuvieron acceso 200 invitados, amigos y familiares. Un pequeño grupo de fotógrafos esperaba a Meghan y Harry afuera del castillo, para inmortalizar el momento.

Los novios deslumbraron con su look, muy al estilo de James Bond, a bordo de un Jaguar azul 1968, cuyas placas correspondían a la fecha de boda de la pareja. Harry, de smoking, parecía salido de una película de época; Meghan lucía simplemente espectacular, llevaba un vestido halter firmado por Stella McCartney. Sin embargo, lo más vistoso fue el anillo aqua marine, que perteneció a Diana.

Esta recepción fue mucho más íntima y divertida. Hubo baile y música de primer nivel. Se dice que Elton John, gran amigo de Diana, deleitó a todos los presentes con su música. Los fuegos artificiales cerraron con broche de oro este día tan especial para los Duques de Sussex, que sin duda, ha marcado un antes y un después en la historia de las monarquías europeas.

EL VESTIDO DE NOVIA

Después del sofisticado vestido Ralph & Russo con el que posó en susprimeras fotos oficiales, muchos esperaban que llegara al altar con la misma firma; sin embargo, Meghan eligió un Givenchy. En cuanto a joyas, lució unos pequeños aretes y brazalete de Cartier, y la tiara Bandeau de filigrana, platino y diamantes, de la reina Mary de Teck. Dicha joya era la preferida de la reina Mary y fue creada a partir de un broche que le obsequiaron en 1932. La reina Mary se la regaló a Isabel II.

De corte sencillo, escote en barco, manga francesa, falda amplia y cola de tres metros, el vestido fue confeccionado en cadi de seda blanca. El velo de cinco metros iba bordado en la orilla con 53 flores de los 53 países que forman la Commonwealth; el trabajo fue hecho a mano y requirió de 100 horas de confección.

El segundo vestido fue de otra joven inglesa, Stella McCartney. Un modelo con cuello halter, espalda descubierta y caída amplia, con una discreta cola aunque ajustado en la parte superior. La ex actriz lució unos salones Aquazzura de raso blanco y un anillo que perteneció a la princesa Diana, y que se compró tras su divorcio del príncipe.

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